martes, 15 de julio de 2014

La respuesta al sentido de la vida

Acabo de llegar a una conclusión bastante budista leyendo un texto de psicología.

Lo que voy a decir no tiene nada de nuevo, ni para el budismo, ni para la psicología cognitiva, y quizás ni siquiera para este blog, porque estoy casi seguro de haber escrito esta idea antes.

Está inserto dentro de algunos de nuestros funcionamientos cerebrales más primitivos el buscar regularidades y patrones.
Dentro de la historia evolutiva de la humanidad, es esto lo que permitió el desarrollo de la agricultura (entre otras cosas), entender ciertos ciclos da poder de predicción.

Ahora bien, el desarrollo de la abstracción, de la conceptualización, lleva a generar categorias y metacategorías. Un niño pequeño va aprendiendo la regularidad entre ciertos animales de cuatro patas peludas y que maulla, y genera el concepto "gato", posteriormente, podrá diferenciar "gato" de "perro" y entender que existe una categoría que los incluye a los dos: "animal", e incluso posteriormente podrá comprender mejor, entendiendo que dentro de "animal" existen animales que son "mamiferos" y otros que no lo son.

En este entendido, nuestra desarrollo cognitivo llevará a entender leyes de la lógica, así como leyes de causa y efecto. La causa y efecto mostrará que toda reacción tiene un motivo, y que se puede entender el mundo de acuerdo a esto.
El problema es que esto generará a la larga una abstracción, que si lleva a que todo tiene una causa y una consecuencia, nuestra vida debería tener una causa. Pero gracias a la abstracción, la causa no es solamente el hecho de la cópula de nuestros padres, sino que tiene que haber causas de otro orden, o una "meta-causa".

Es por esto que "el sentido de la vida" es una pregunta vana, es en cierta forma una ilusión del funcionamiento de nuestro cerebro. Esta idea me hace conectar con el budismo en el sentido que "nuestra mente busca algo que no existe".

En lo personal, tengo preguntas que funcionan bajo la misma lógica abstractiva, como "¿Cuál es el fin de la terapia?". Esta pregunta es igual a la pregunta por el sentido de la vida, ya que toda respuesta posible o no será capaz de abarcar toda la pregunta, o será demasiado general para ser una buena respuesta.

Es por eso, que ante este tipo de preguntas asediantes, la respuesta es la vuelta a la contingencia. En vez de preguntar por el alma universal de las cosas, volver a esta cosa en mi presencia. En vez de preguntar por el sentido de la vida, preguntar por el sentido de las pequeñas acciones, la vuelta a las pequeñas cosas, el regreso a las cosas mismas, al día a día, al aquí y ahora.

La paradoja está en que me dan ganas de decir "Y esto, es la respuesta", cosa que realmente creo en este segundo. El problema es que a su vez es nuevamente una abstracción.

Se me ocurren frases referidas al zen que tienen que ver con esto, curiosamente encuentro la historia de un maestro zen que cuando le preguntan sobre la esencia de la doctrina responde "¿Terminaste de comer?, entonces lava tu plato".

Lo que es interpretado (en el texto que encontré buscando alguna frase interesante que ilustrara mi punto) como que está refiriendo al Karma... en el fondo, si has pecado, limpia tus errores. Lo cuál me parece una HUEVADA. Esta interpretación, una vez más es una abstracción que te aleja del aquí y ahora...

Curiosamente, la historia que encuentro finalmente para ayudarme no es una que diga "lava tu plato", o que de de garrotazos a sus discipulos para hacerlos volver al ahora. Sino simplemente esta historia, que muestra sarcásticamente, el poder de lo concreto y lo inútil de lo abstracto....

En un restaurante chino hay un grupo de amigos disfrutando de la música que interpreta un
conjunto. De pronto, un solista empieza a tocar una pieza que les resulta conocida; todos reconocen la melodía, pero ninguno puede recordar su nombre. Entonces llaman por señas al camarero y le piden que averigüe qué es lo que está tocando el intérprete. El camarero se dirige adonde están los músicos y, al poco rato, regresa con el rostro iluminado por una sonrisa de triunfo y cuchichea ruidosamente: “¡El violín!”.

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