martes, 24 de julio de 2012

Cuatro desencuentros

Cuando tenía 29 años, Siddartha no soportó más su curiosidad. Se preguntaba qué es lo que había en las afueras de sus tres palacios, y que era la vida fuera de los lujos y su amor por Yassodhara.

Por lo que, acompañado de un cochero, salió de palacio en una procesión. Si bien se intentó que no viera nada de lo que su padre temía que encontrara, fue imposible, y tuvo los cuatro encuentros, que cambiaron su vida para siempre.

Al salir, el primer encuentro fue con un enfermo.
Siddartha preguntó al cochero: - ¿Por qué ese sujeto se encuentra así?, ¿Qué es lo que le sucede?
- Está enfermo, contestó el cochero, el dolor y el sufrimiento que siente puede sanarse o...
- ¿O qué?, preguntó Siddartha.
- No tiene importancia, contestó el cochero, dándose cuenta que fallaría a su tarea si le presentaba la muerte al príncipe.

Siddartha quedó pensativo, mas no pudo entender qué significaba la enfermedad, ya que él nunca la había sufrido.

Continuando en su viaje, Siddartha vio un anciano, y volvió  a preguntar al cochero.
- Cochero, ¿por qué ese hombre está flaco y encorvado, se ve como si se hubiera mantenido largo tiempo dentro de un baño, y su cabello es blanco y poco?
- Eso es porque es viejo, mi buen príncipe. En la medida del paso de los años, vamos perdiendo fuerzas y nuestro cuerpo va...

El cochero se dio cuenta que nuevamente estaba faltando a su palabra, y hablando de más. Empezó a temer que su cabeza rodara ante su desobediencia.

Siddartha había incluso dejado de escuchar al cochero, fascinado por la mirada de sufrimiento de parte del anciano. Sin embargo, no conocía lo que significaba la falta de fuerza en sus músculos, o el cansancio de la edad. Por lo que no le dio mucha importancia tampoco.

El tercer encuentro de buda, fue al ver un cadaver.
Sin embargo, al nunca haber visto la muerte ni saber de la pérdida, pensó que el hombre simplemente estaba dormido, y ni siquiera se preguntó por él, para alivio del cochero.

Por último, en su camino encontró un monje mendicante. Hizo parar al cochero, y se bajó. Acercándose al monje. "¿Qué quieres?", le preguntó Siddartha.

- No quiero nada, contestó el monje, sólo la liberación.
- ¿Liberación?, preguntó descolocado Siddartha.
- Liberación del sufrimiento, de la enfermedad, de la vejez y de la muerte. Liberación del cruel destino que a los hombres se nos ha dado, por naturaleza o por voluntad de los dioses. Liberación de las cadenas que amarran...

A Siddartha le causó gracia el discurso de tal hombre. Pensó que podría llevarlo a su palacio como una atracción, pues sus extrañas palabras nada significaban en sus oídos. Lo tomó por loco y le entregó unas monedas.

Volvió a subir a su carro y le dijo al cochero que se dirigiera hacia el palacio. Ya era tarde y se acercaba la hora del almuerzo, y quería contarle a Yassodhara acerca del simpático personaje que había visto.

El cochero emprendió camino hacia el palacio. Aliviado de que el paseo del príncipe no hubiera pasado a mayores. Envidió al príncipe en su tranquilidad mental. Sin preocupaciones y sin sufrimiento.
El cochero vivió largos años al servicio de su señor, siempre abastecido por su generosidad. Generosidad que le daba el desconocimiento del sufrimiento, desconocimiento de la escasez, desconocimiento de todo lo que se quejaban tantos afuera de su palacio. Su vida fue larga y plena, y vivió feliz todos los días de su vida.

La muerte lo encontró plácidamente dormido, y con una sonrisa fue enterrado ante la atónita mirada de su esposa y su hijo, quienes no lograban entender el absurdo que estaba ocurriendo. Sin embargo, al poco tiempo lo olvidaron, y siguieron con su apacible vida, llena de lujos y permanente felicidad.



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